Cuando tenía 13-14 años, conocí a S, un chico de quinto de secundaria. Yo lo miraba de lejos y me ponía roja cuando me descubría. A veces se acercaba a mi aula y todos me molestaban. Era mi crush, se lo confesé y nos abrazamos el último día de clases.
En 2019 tuve una escena de celos con una amiga suya. Él me llamó la atención y, avergonzada, lo bloqueé.
Durante la pandemia comenzó a llamarme por WhatsApp desde grupos con sus compañeros. Primero dijo no saber quién era, pero después admitió reconocerme. Tras una conversación desagradable, volví a bloquearlo.
A pesar de todo, nunca dejé de pensar en él. Tiempo después le confesé mis sentimientos por Facebook mediante un mensaje muy cursi, creyendo que jamás lo había leído.
A principios de este año lo seguí en Instagram. Llegamos a conversar un poco, pero dejó de responderme. Me resigné a pensar que nunca seríamos amigos.
Sin embargo, este mes me escribió diciendo que recién había leído mi mensaje de Facebook y que era lo más lindo que le habían dicho en años. Me sorprendió y me sentí humillada, pues no entendía cómo no lo había visto antes. Aun así, le respondí cordialmente. Me preguntó si tenía algo más que decirle, pero, por miedo a volver a ser vulnerable, le dije que ya le había contado todo. Me dejó en visto.
Días después le escribí para decirle que me gustaría conocerlo y ser su amiga, pero nunca vio el mensaje. Terminé anulándolo, avergonzada.
Semanas después, mi amiga me contó que él había comenzado a seguirla en Instagram. Ella le preguntó si se conocían y él respondió que le había aparecido en sugerencias. Cuando ella le dijo que pensaba conocerlo de algo, él contestó: «Nos podemos conocer».
Mi amiga lo eliminó y dejó de seguirlo, pero eso no evitó que me doliera.
Durante años aprendí sobre sus gustos, confesé mis sentimientos e intenté acercarme, pero nunca pasó nada. Muchas veces deseé que simplemente me rechazara. Y justo cuando comenzaba a superarlo, reaparecía.
Ver que mi amiga despertó esa pizca de interés en él siendo una desconocida me destrozó.
Ella me pidió disculpas, pero le dije que no se preocupara. Sé que no hizo nada malo, y él tampoco. No somos nada. Aun así, estoy llorando, comparándome con ella y sintiéndome estúpida por seguir sufriendo por alguien con quien jamás tuve nada.