Hola a todos! Seguimos con la historia. Soy guionista y busco a un dibujante colaborador para este manga de psicología oscura y pandillas estilo Tokyo Revengers / Monster.
Capítulo 4
Sahari, que estaba jugando, se detiene y voltea a mirar. Al ver a Yuriko acercándose a él, sus mejillas se ponen ligeramente rojas y comienza a rascarse la nuca con pura timidez contenida.
Por otro lado, Mayra desvió la mirada lentamente hacia donde estaba viendo Sahari. Su mirada se oscureció; sus ojos se volvieron afilados y peligrosos, y su sonrisa perturbadoramente dulce se volvió mucho más aterradora.
Después de unos minutos, Yuriko y Sanjiro llegaron a donde estaban Sahari y Mayra.
Yuriko, sonriendo con esa sonrisa angelical y con una voz suave, dijo:
—Hola, Sahari. ¿Cómo estás? ¿Ya te encuentras bien?
Sahari, manteniendo sus mejillas ligeramente rojas y sin mirarla directamente, respondió intentando sonar rudo, aunque terminó saliendo tierno:
—Sí, estoy bien. No tienes por qué preguntar, estoy perfecto como siempre.
Yuriko sonrió suavemente:
—Jeje, tontito, no eres bueno mintiendo.
Después, Yuriko desvió la mirada hacia Mayra, quien la observaba con ojos afilados y peligrosos, y con esa sonrisa aterradora que le ponía la piel de gallina. Con voz suave pero ligeramente tensa, Yuriko preguntó:
—Sahari... ¿ella es tu amiga?
Sahari levantó la mirada hacia Yuriko y después hacia Mayra:
—No, ella solo es…
No alcanzó a terminar cuando Mayra le tomó el brazo con posesividad y dijo con una voz peligrosa:
—Sí, soy su amiga. ¿Y tú quién eres?
Sanjiro, que había estado detrás de su hermana, da unos pasos hacia adelante, poniéndose ligeramente entre Yuriko y Mayra. Mantiene esa voz calmada y tranquila, pero con el corazón latiéndole a mil por hora y una mirada notablemente más suave al dirigirse a Mayra:
—Ella es Yuriko y yo soy Sanjiro... .
Sanjiro desvía la mirada a un lado, un poco incómodo, con las orejas ligeramente rojas. Con un tono cargado de admiración, manteniendo la calma aunque un poco entrecortado por los nervios, añade:
—...Yo... quería agradecerte por lo de aquel día... Ya sabes, cuando me defendiste de esos chicos en este mismo parque…
Mayra lo voltea a ver y parpadea unas cuantas veces, confundida... mientras recordaba lo de aquel día.
Mayra suspira ligeramente, cambiando su mirada a una medio normal (entre comillas) y mostrando una sonrisa menos aterradora, pero sin soltar a Sahari en ningún momento.
—Ah, eres tú... Eres el niño de aquella vez. No hay por qué...
De pronto, su voz baja a un tono peligroso y oscuro:
—Esos niños se lo merecían... Lástima que siguen respirando
Mientras Sanjiro, Yuriko y Sahari escuchaban aquellas palabras, un escalofrío helado les recorrió la espalda. Los tres se quedaron congelados en su sitio, entre confundidos e intentando procesar si realmente habían escuchado bien o si solo habían malinterpretado el comentario. Pasaron varios minutos de un silencio pesado e incómodo, mientras trataban de digerir la frialdad con la que Mayra se había expresado.
Sahari fue el primero en romper la tensión. Con esa voz bruscamente amable que lo caracterizaba, intentó cambiar de tema para aliviar el ambiente:
—Oigan... ¿Y si mejor jugamos fútbol todos juntos?
Sanjiro, haciendo un esfuerzo por recuperar su tono calmo y tranquilo, apoyó la idea de inmediato:
—Sí, buena idea. Podríamos hacer dos equipos de dos.
Mayra, volviendo a su tono «normal» —siempre teñido de ese matiz posesivo— y manteniendo esa sonrisa que tanto deslumbraba a Sanjiro, comentó:
—Me parece bien... Entonces yo me voy con Sah...
No alcanzó a terminar la frase cuando Sahari se soltó de su agarre de forma brusca, pero cuidando de no lastimarla.
Con las mejillas ligeramente encendidas y rascándose la nuca con una timidez que intentaba disimular a toda costa, Sahari se acercó un poco a Yuriko. Mirándola de reojo y forzando la voz para sonar casual, dijo:
—Yuriko... ¿podríamos hacer equipo? Después de todo, tenemos casi la misma edad.
Yuriko le dedicó una sonrisa dulce y respondió con su voz angelical:
—¡Claro! Haríamos un muy buen equipo, Sahari.
Sanjiro, por su parte, se aproximó a Mayra. La contemplaba con esos ojitos llenos de admiración, como si tuviera enfrente a una auténtica diosa, aunque procurando mantener su temple tranquilo:
—Bueno... supongo que nosotros somos equipo.
Mayra se quedó por un instante con el brazo extendido, congelado en el aire tras el rechazo de Sahari. Su rostro reflejaba una mueca de pura rabia contenida y sus ojos fusilaban a Yuriko con un odio profundo. Al escuchar a Sanjiro, bajó el brazo lentamente e intentó recomponer su postura. Forzando una sonrisa que parecía más una mueca tensa y tratando de recuperar su tono tierno, respondió:
—Sí... ahora somos equipo.
Su voz sonó completamente forzada y en ningún segundo miró a Sanjiro; toda su atención estaba fija en Sahari y Yuriko. Verlos tan cerca, riendo y hablándose con tanta confianza, hizo que en el pecho de Mayra germinara una mezcla ardiente de resentimiento y celos.
Sahari, recuperando la compostura y ajeno a la tormenta que se incubaba a su lado, sonrió con sincera felicidad mientras corría hacia su pelota vieja:
—¡Vamos a jugar!
El juego comenzó de forma aparentemente normal. Se pasaban el balón de un lado a otro, intentaban quitárselo entre risas y corridas... Bueno, casi todos reían. Mayra no sonreía de verdad; mantenía esa mueca forzada y tétrica. Su atención no estaba puesta en la pelota, sino en lo cerca que siempre terminaban estando Yuriko y Sahari.
Así fue pasando la tarde, entre juegos y carcajadas de los demás. Sin embargo, en cada jugada, Mayra le pateaba la pelota a Yuriko con toda la intención de golpearla. En otros momentos, se le acercaba demasiado, intentando empujarla de lado o meterle el pie para hacerle una zancadilla. Intentaba disimularlo, aunque su agresividad era evidente; pero como Mayra era una niña más pequeña —apenas tenía seis años frente a los nueve de Yuriko—, los demás no lo tomaron a mal. Para ellos, solo eran los torpes tropiezos e impulsos inocentes de una niña chiquita jugando contra chicos más grandes.
Así termina la tarde. Yuriko y Sanjiro se despiden cordialmente para volver al orfanato, dejando solos a Sahari y a Mayra en el parque.
Sahari se queda en su sitio, con las mejillas ligeramente rojas, mientras observa con unos ojitos tiernos cómo Yuriko se va alejando por el camino...
A su lado, Mayra ha dejado de sonreír por completo... algo sumamente preocupante, considerando que ella casi siempre mantiene alguna sonrisa, aunque sea esa aterradoramente tierno-dulce. Con una voz helada y en un murmullo bajo, suelta:
—Al fin se fue ese estorbo... Qué molesta es...
Sahari parpadea un momento, sacudiendo la cabeza y saliendo de sus pensamientos:
—¿Ah? ¿Dijiste algo?
Mayra, sin dejar de mirar fijamente el camino por donde se había marchado su rival, responde:
—No... Me tengo que ir a casa.
—¿Te vas a ir sola? —pregunta Sahari, mirándola con curiosidad.
Mayra —Sí…
Sahari, pregunta—¿Y no es muy peligroso? ¿Dónde queda?
Mayra responde—Bueno, sí... pero puedo llegar sola... Queda al otro lado del barrio.
Sahari lo piensa un instante y arruga un poco el entrecejo, mostrando esa preocupación natural que lo caracteriza:
—Está un poco lejos, ¿no crees?... Bueno, si quieres te puedo acompañar. De todos modos no tengo a dónde ir, así que puedo llevarte.
Mayra se gira hacia él de golpe; la sombra de su rostro desaparece en un segundo y sus ojitos vuelven a brillar con pura felicidad. Sonríe con alegría desbordante:
—¿En serio me vas a acompañar?
Sahari le dedica una sonrisa ligera y calmada:
—Sí... Vamos, que ya se está haciendo tarde.
Los dos comenzaron a caminar, alejándose lentamente del parque mientras la luz del atardecer empezaba a caer sobre el barrio.
A partir de ese día, las tardes se convirtieron en un lienzo de momentos compartidos. En muchas ocasiones se les podía ver a los cuatro juntos: corriendo, jugando o andado en bicicleta de arriba para abajo por las calles destartaladas. Aunque, la mayor parte del tiempo, eran solo Mayra, Sahari y Sanjiro, ya que Yuriko, al ser de las mayores, tenía ciertas responsabilidades en el orfanato ayudando a las madres con los niños más pequeños.
Durante esos días, Sanjiro siempre encontraba la forma de quedarse cerca. Sacaba sus hojas y lápices para dibujar a Mayra en secreto, retratándola en esos instantes en los que ella estaba demasiado concentrada mirando a Sahari como para notarlo.
Otras veces, la rutina se llenaba de la adrenalina propia de la infancia: los tres se veían envueltos en mil travesuras, desde romper puentes improvisados de madera, tocar timbres de las casas y salir corriendo a toda velocidad, hasta pintar grafitis y garabatos en las paredes de un par de vecindarios vecinos, huyendo entre risas cuando los adultos los descubrían.
Así fueron pasando los días, las semanas y los años... Una infancia tejida entre juegos, risas inocentes, travesuras, rivalidades silenciosas, odios que crecían en las sombras y sentimientos que se volvían cada vez más profundos e inevitables.